Denuncia hecha novela

Un día en la vida de Iván Denisóvich. Otro libro que inicia con algo de confusión. Entre términos rusos impronunciables, que ni siquiera el traductor de la edición que leí consiguió interpretar en español, me dispuse a leer esta obra de Solzhenitsin (otro impronunciable). 

 

No fue casualidad que Solzhenitsin escribiera acerca de un temas tan controversial a través de esta novela. Él había nacido en Kislavodsk, en el cáucaso norte, el 11 de diciembre de 1918, de cuya universidad se graduó en Matemática y Física en 1941. Casi fue directo de las aulas al frente de guerra, los nazis acababan de invadir la Unión Soviética. En la Segunda Guerra Mundial ganó dos medallas, por acciones bélicas en el frente de Leningrado (hoy San Petersburgo), pero eso no fue impedimento para que fuese condenado a ocho años de trabajo forzado en 1945, por haber escrito una carta a un amigo, con duras críticas a Stalin. Fue puesto en libertad en 1953, pero su destierro duró aún varios años más en Liberia, como era usual en esos casos. Con estos antecedentes se pueden intuir los motivos que llevaron al autor a realizar esta obra.

 

Posteriormente en 1962 le fue permitido a Solzhenitsin enseñar en la universidad de Riazán. Entonces dio a conocer  “Un día en la vida de Iván Denisovich”, que le mereciera el 8 de octubre de 1970 el Premio Nobel de Literatura.

 

Un día en la vida de Iván Denisóvich relata una jornada en la vida de un preso de un campo de concentración ruso, bajo el régimen de Stalin. Se trata de un campamento de prisioneros políticos de diversas profesiones y actividades, unidos por padecer el mismo cautiverio y la preocupación habitual de subsistencia en ese medio completamente hostil, en las estepas rusas.

 

La obra de Solzhenitsin trata de documentar las terribles circunstancias que fueron una realidad durante la Guerra Fría. Como todos los días eran iguales en cuanto al sufrimiento que se tenía que soportar, le bastó con relatarnos un día en la vida de Shújov (Denisóvich) en este encierro, produciendo el mismo efecto como si su descripción abarcara un siglo. El personaje de Iván Denisóvich, es una más de las miles de víctimas civiles y militares que se vieron sometidas a esas condiciones, estando presos.

El personaje principal, Shújov, cae prisionero de su propio país al volver de una misión en tierras alemanas. De nada le valió el esfuerzo desplegado en la guerra. Es encontrado culpable y enviado a un campo de concentración donde fue maltratado, mal alimentado y obligado a ejecutar trabajos forzados, convirtiendo su vida en apenas una supervivencia.
Aquí es donde me parece que se expresa una de las enseñanzas de esta obra: la búsqueda y encuentro de la dignidad humana, desde el hecho de no perder nunca la esperanza, el nunca entregarse a quien ejerce la autoridad por medio de la humillación y la explotación, el encontrar en todo momento algo que hacer para sentirse vivo, el recoger y guardar cada cosa que pueda ser útil para sobrevivir, como la corteza de pan que guardaba en la bolsa secreta que él mismo añadió a su chamarra (en la edición que leí usaban el término zamarra, que según el diccionario, se refiere a una prenda hecha de piel, con lama o pelo), hasta detalles mínimos como quitarse siempre el gorro antes de comer o no lamer el plato, son las herramientas que Denisóvich encuentra para mantenerse firme, erguido, convertido en un ser humano en medio de sus carceleros.

 

Sin embargo, aparte de dignidad, este libro habla también de solidaridad, que proviene de quien tiene igual de poco que uno mismo o nada. Al terminar la novela, Iván Denisóvich estaba casi contento, casi feliz. Había comprado tabaco, había encontrado una hoja de sierra, no había sido castigado y había mejorado algo de su enfermedad. Al caer la noche y cuando todos deben ir a las barracas a dormir, cito:
“Apareció Alioska, una calamidad de hombre, servicial con todos, pero incapaz de procurarse una ganancia extra.
-¡Toma, Alioska! -le dio un bollo.
Alioska sonrió.
-¡Gracias!, ¡pero si Ud. mismo no tiene…!
-¡¡Come!! Yo no tengo, cierto…pero siempre nos arreglamos de algún modo.
¡Y ahora la rodaja de embutido a la boca! ¡Morderla! ¡Masticarla! ¡Sabor de carne! ¡Y verdadero jugo de carne! Ya lo tenía en la tripa.
Se acabó el embutido.
El resto, decidió Shújov, para mañana antes de diana. Se cubrió la cabeza con la manta, aquella manta deshilachada y sucia, sin oír ya como se llenaban los pasillos entre las yacijas de presos procedentes del otro lado, para el control.
Shújov se durmió completamente satisfecho. El día de hoy había sido un éxito para él…”

 

Por otro lado, los hechos que se describen en el libro, adquieren un carácter distinto cuando ya no existen ni el Muro de Berlín, ni la Unión Soviética, ni los campos de concentración.
 Esta historia, más que el típico “un día en la vida de…” es una crónica de denuncia hacia toda clase de atropellos cometidos “oficialmente”. A través de un personaje, con nombre y apellido, pero que en realidad podría ser cualquier persona, entonces y ahora. No se trata de un tema propio de la Unión Soviética (en ese entonces), sino de un conflicto que bien puede tener lugar en cualquier rincón del planeta, que en aquel momento su repercusión se vio intensificada por la reciente Segunda Guerra Mundial. La subestimación de la dignidad humana a través de instituciones y mecanismos gubernamentales es una actividad que todos sabemos que existe, y de la que poco se habla, sobre todo en tono de denuncia. Pareciera que un tema por a pesar de ser conocido por todos, se prefiere ocultar sutilmente. Por esta razón es tan importante un texto como éste. Sí, aunque haya que hacer dos o tres intentos para leer cada término extraño, nunca está de más cualquier espacio en el que se pueden denunciar actos como éste, una obra en la que se pueda decir, a través de un personaje ficticio, lo que no siempre se puede decir abiertamente.

Es muy interesante como un autor, con la experiencia de haber vivido tales atrocidades, puede enmarcar veladamente en una novela, toda la denuncia social en nombre de miles de personas que sufrieron lo mismo que él, pero que no tienen el poder de ser escuchados, o leídos como el escritor.

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